Esta es la historia de un señor de Badajoz, que tenía la nariz muy larga.

17/09/2010

Había una vez, en una ciudad cerca de Badajoz,  vivía un señor que tenía la nariz muy larga. Pero lo que se dice muy, muy larga.

Tan larga y puntiaguda que cuando se resfriaba y estornudaba tenía que andar con mucho cuidado para no clavársela en el pecho y hacerse daño.

Pero esa, aunque era una característica muy peculiar, no era ni mucho menos, la característica más peculiar que tenía.

Sabía volar.

Nunca se lo había dicho a nadie, pero si quería, podía volar.

Y volaba por encima de Badajoz  y por los bonitos pueblos de alrededor.  Muchas veces, cuando le apetecía, se iba volando al trabajo. Así, de esta forma, ya no le hacía falta coger el coche y pasarse horas y horas buscando aparcamiento, cosa que en el centro de Badajoz se había puesto complicadísima.

En agosto, para irse de vacaciones, no cogía nunca el tren, ni el avión, ni tampoco el autobús de línea. Eran las ventajas de poder volar.

El único problema era que si se levantaba viento, la cosa más normal a partir de los trecientos metros de altura, se despeinaba, incluso perdía algo de pelo, pero enseguida encontró remedio, comprándose un casco en las rebajas de verano del Corte Inglés.

También se compró un polo Lacoste verde, que estaba de oferta.

Los colores más neutros nunca están de rebajas, por eso tuvo que quedarse el verde, aunque dudó un poco con otro de color malva.

Un día de verano, cuando volaba por encima de Jerez de la Frontera, se cruzó con una cigüeña que al verlo pasar, se enamoró perdidamente de aquel señor de Badajoz que tenía la nariz muy larga.

Su nariz larga y puntiaguda, perfecta y hermosa. Su cabeza redonda, pulida y brillante. Y su esbelto cuerpo verde que destacaba con el azul del cielo, habían llegado al corazón de la joven cigüeña.

Nunca había visto un pájaro tan soberbio, gallardo y guapo como este.

Tal era el amor y la pasión que el señor de Badajoz que tenía la nariz muy larga, despertaba en aquella cigüeña, que un día, ni corta ni perezosa, le pidió que se casara con ella.

Y no le pareció una mala idea. Tampoco él había conocido nunca una cigüeña tan esbelta y estilizada.

Además, había una cosa en ella que le atraía muchísimo: su largo y puntiagudo pico de cigüeña.

Le ponía a cien.

Así que, un 23 de Diciembre de 1991, unos meses antes de las Olimpiadas de Barcelona, se casaron por todo lo alto y comieron perdices.

Bueno, en realidad nunca comieron perdices, de hecho comieron berberechos, porque consideraron, con buen criterio, que aunque en los finales de los cuentos, la gente siempre se casa y come perdices, ellos no podían hacerlo porque las perdices eran parientes lejanos de la cigüeña y no hubiera sido lo correcto.

Así que decidieron comer berberechos.

Y al acabar el banquete se fueron volando de luna de miel y nunca más volvieron a Badajoz.

A veces, en los días más despejados de la primavera, si miras al cielo con detenimiento, puedes ver al señor de Badajoz que tenía la nariz muy larga volando junto con su amada cigüeña, en busca de algún campanario libre donde pasar unos días de relax.

Y así, de esta forma tan romántica, inverosímil, pero cierta, acaba la historia del señor de Badajoz que tenía la nariz muy larga.

Y sabía volar.

Fin

Este cuento inverosímil está dedicado a mi amigo Gregorio que aunque no es de Badajoz y tampoco sabe volar, tiene la nariz muy larga.

One Response to “Esta es la historia de un señor de Badajoz, que tenía la nariz muy larga.”

  1. cenicienta Says:

    OOOOhhhhhh… qué bonito!!!!


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